30 años de Armero, una herida que aún no sana

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Redacción: El Heraldo

 

Hoy se cumplen tres décadas de la peor tragedia natural colombiana, en la que murieron 23.000 personas, que fue advertida por expertos y hasta en un debate en el Congreso.

En la noche del 13 de noviembre de 1985 casi nada escapó de los 100 millones de metros cúbicos de agua, barro y material volcánico que se desprendieron desde el Nevado del Ruiz, a 100 kilómetros por hora, y se vertieron en Armero, Tolima, hasta borrarlo del mapa. De la peor tragedia natural en la historia de Colombia casi nadie se salvó: 20.000 armeritas murieron sepultados bajo el fango y entre Chinchiná y Villamaría, Caldas, se contaron otros 3.000.

Hay que decir “casi” porque bajo ese trágico ‘valle sin sombras’, como bautizaron a Armero por la capa de lodo que lo cubrió, hubo milagros de los que pudieron dar fe 4.000 sobrevivientes. Como si fuera obra del mismo barro, en estos treinta años el tiempo ha venido secando las cifras, agrietando las historias y los personajes e incluso pudriendo las culpas. Pero hay un Armero vivo que no se hundió en el lodo, un pueblo que aún busca verdades y explicaciones y que a través de la memoria construye su propio inventario.

“Si esta montaña llega aunque sea a carraspear, se va a llevar por delante a Manizales y a Mariquita”. Eso le dijo el escalador Sergio Fajardo a su amigo, el escritor –y también montañista– Carlos Vega, mientras descendían sucios y agotados del Nevado del Ruiz, tres meses antes de la avalancha. La posterior investigación de Vega sacó a flote, en una de sus crónicas, que al menos hubo cinco profetas de la tragedia:

El montañista suizo Antoine Faber, que escaló el Ruiz enviado por Ingeominas; Héctor Fabio González, un musicólogo que calculó, basado en las observaciones de científicos y en el calendario geológico, que el volcán despertaría cada 140 años y nueve meses, en la segunda semana de noviembre; Guillermo Cajiao, agrónomo y piloto aficionado, quien sobrevoló los cráteres del volcán desde 1977; Ramón ‘Moncho’ Rodríguez, el alcalde de Armero, muerto en la tragedia habiéndole advertido, hasta el último minuto, al gobernador del Tolima que debía evacuar la población; y Humberto Arango Monedero, el representante a la Cámara que citó en septiembre de 1985 a cuatro ministros del gobierno de Belisario Betancur para advertirles que la erupción del Ruiz era inminente. “Que no se diga que no se advirtió al Estado de cumplir con sus funciones a tiempo”, quedó consignado en el acta de esa premonitoria reunión.

Reconstruyendo la memoria. De la avalancha se salvó Francisco González, un armerita que mientras estudiaba Literatura en Bogotá perdió a su padre y a su hermano. Él, en compañía de otros paisanos que tampoco se llevó el Ruiz, creó la Fundación Armando Armero, dedicada a reconstruir la memoria histórica del pueblo y a investigar la suerte que corrieron, según sus expedientes, más de dos centenares de niños que salieron con vida de la tragedia pero que nunca se reunieron con sus familias.

“Hace falta muchísimo por hacer, la fundación es apenas un comienzo. Es una tarea interminable porque en un pueblo no solo es importante el alcalde y el juez, también el bobo y el loco, todo es importante en un pueblo”, dijo González.

Gracias a su trabajo recopilando historias y a más de 600 copias fotográficas hoy se sabe que en Armero vivió ‘Kung Fu’, un hombre solitario parecido a David Carradine que dormía en uno de los parques y no hablaba más allá de los “buenos días”. O podemos ver el cuerpo de ‘Miss Universo’, una de las pacientes del hospital psiquiátrico Isabel Ferrero de Buendía que se escapaba de vez en cuando para pasear totalmente desnuda, bailar y desfilar a cambio de monedas frente a los ganaderos. O Emilia, ‘la mula del Gobierno’, una mujer vestida de hombre que limpiaba el pueblo a cambio de leche. O ‘Toro’, el viejo cascarrabias del pueblo. O ‘Estatua’, el pordiosero inmóvil.

Otros personajes también emergieron con el tiempo como Frank Fournier, el francés que ganó el World Press Photo de 1985 por la imagen de Omayra, una fotografía que le dio rostro a las cifras grises y puso al mundo a mirar de frente al dolor a través de sus enormes pupilas. O como el doblemente sobreviviente sargento viceprimero Róbinson Salcedo Guarín, natural de Ambalema, a quien la vida le dio una segunda oportunidad tras escapar de la avalancha hasta su secuestro en agosto de 1998, durante la toma de las Farc en Miraflores, Guaviare. Un cautiverio de 13 años muy parecido a permanecer enterrado en el fango.

Como Salcedo, decenas de sobrevivientes, hoy de vuelta para los homenajes por el trigésimo aniversario, recuerdan a su pueblo como un valle rico y liberal: “No olvido los almacenes de tela de los árabes, la buena comida, los tres teatros de cine, los indios y las cigarrerías que vendían vinos europeos”, cuenta Francisco González. Y la Armero internacional, influenciada por los españoles en la educación y por los alemanes que llegaron después de la Segunda Guerra Mundial a enseñarles la fumigación aérea. Era una Armero moderna, con 40 colegios y una sede de universidad, con un concejal de izquierda y uno conservador. Una Armero poderosa que producía más algodón que toda la Costa y que festejaba su bonanza en un club campestre. “Era una ciudad muy viva”, dice.

¿Dónde están los niños?. Más de 30.0000 documentos civiles se perdieron, por eso el único rastro de los niños sobrevivientes acogidos en las regionales del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar – ICBF, en Ibagué, quedó consignado en el llamado libro rojo de la tragedia. Nidia Rozo, entonces jefe de la oficina jurídica del ICBF en la capital del Tolima, fue una de las funcionarias que redactó el folio: “El libro rojo contiene las actas de entrega de los niños a sus familiares durante los primeros 15 días después de la tragedia. Se ponía el nombre, la edad, el familiar que lo reclamaba y su lugar de destino. Recuerdo que solamente quedaron 5 niños abandonados, cuatro se dieron en adopción a familias tolimenses y otro niño se le entregó a un periodista de Caracol”, explicó .

Pero para la época no había pruebas de ADN y durante los primeros cuatro días no hubo cámaras fotográficas para el registro, incluso varios de los padres y madres que sobrevivieron no pudieron reclamar a sus niños por estar hospitalizados. Por eso las cuentas del ICBF no son las mismas de los armeritas, que, representados en la Fundación Armando Armero, crearon un libro blanco en el que calculan la pérdida –o entrega equivocada– de al menos 237 niños, varios de ellos a familias extranjeras. Hoy reclaman al Gobierno una ley de víctimas para investigar otros libros rojos de Viotá, Lérida, Cambao, Líbano, Honda, Villeta, Guaduas, Medellín y Cali. “Tengo 237 hijos que estoy buscando. Siguen apareciendo casos, últimamente me han contactado niños –ahora adultos– desde Estados Unidos e Italia. Las madres no están locas”, denuncia el representante de la Fundación, quien planea para hoy una jornada de toma de muestras de ADN y una proyección de videos de archivo para el reconocimiento y reencuentro de familiares.

Para los sobrevivientes “Armero es un rompecabezas interminable”; para el mundo, una lección. El destino natural de un volcán es entrar en erupción y si hoy el Ruiz lo hiciera, como aquel 13 de noviembre, los protocolos de emergencia salvarían la vida de miles, sus documentos estarían a seguros en archivos digitales y, sobre todo, las autoridades estarían avisadas. Según los expertos, el Ruiz despertará con fuerza hacia 2095 y pondrá en peligro a casi 5 millones de personas en decenas de ciudades del centro de Colombia. No es casualidad que el homenaje central de hoy, en medio de las ruinas de Armero, se llame “¡Que no nos vuelva a pasar!”. El riesgo nunca se ha ido.

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