El fantasma de Trump

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Un grupo de psiquiatras y psicólogos le enviaron a The New York Times una carta en la que afirman que la megalomanía del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, supone un síntoma psiquiátrico.

Escriben los expertos, basados en los criterios que la Asociación Psiquiátrica de EE. UU. usa para diagnosticar el “trastorno de personalidad narcisista”, que Trump tiene “fijación en fantasías de poder, éxito, inteligencia y atractivo físico”. Y concluyen: “Los individuos con estas características distorsionan la realidad para adaptarla a su estado psicológico, descalificando los hechos y a quienes los transmiten”.

El caso de las filtraciones es sólo un ejemplo de lo que describen los expertos. Basta dar un repaso a la historia reciente. Durante la campaña, Trump celebró las filtraciones que perjudicaron a Hillary Clinton —y que favorecieron su triunfo— y llegó a gritar: “¡Me encanta Wikileaks!”. Incluso, días después de llegar a la Casa Blanca, cuando las evidencias empezaban a confirmar la “mano rusa” en las elecciones, dijo que “las filtraciones son reales, pero las noticias son falsas”.

Ahora que las filtraciones lo afectan a él, dice que es distinto, que se trata de información “clasificada” y amenaza con perseguir a los filtradores. Es decir, a su antecesor, Barack Obama, a quien acusa sin pruebas de estar detrás. En una serie de mensajes de Twitter, Trump solicitó al Congreso investigar las grabaciones de sus llamadas, hechas supuestamente por el mandatario demócrata antes de las elecciones.

«¡Esto es terrible!», escribió Trump. «Acabo de enterarme de que Obama hizo que intervinieran el teléfono justo antes de la victoria. Y no encontró nada”, dijo en su cuenta de Twitter.

Según explica la prensa local, las órdenes judiciales para grabar conversaciones sólo pueden ser aprobadas por un tribunal federal y requieren pruebas por delitos relacionados con el espionaje o la traición. Esa petición sólo la puede hacer el Poder Judicial, nunca el Ejecutivo.

James Clapper, director de Inteligencia Nacional (DNI) durante la administración Obama, negó las acusaciones. “Desde el aparato de seguridad nacional, no hubo esa actividad de escuchas al presidente electo en ese momento, como candidato, o contra su campaña”, dijo en una entrevista con la NBC.

Pero Trump insiste. Dice que con una orden judicial le grabaron las llamadas telefónicas que hizo desde la torre Trump. “El presidente Trump solicita que, como parte de su investigación de las actividades rusas, los comités de inteligencia del Congreso apliquen su autoridad para determinar si los poderes de investigación del brazo ejecutivo fueron abusados en 2016”, afirma Sean Spicer, vocero presidencial.

De acuerdo con el NYT, incluso el director del FBI le James Comey, le pidió al Departamento de Justicia, del que depende su oficina, que desmienta la afirmación de Trump. Hasta ahora, no lo ha hecho y tampoco los líderes republicanos del Congreso se han pronunciado sobre si piensan seguir la petición del presidente.

Desde que llegó a la Casa Blanca, Obama se convirtió para él en un fantasma: lo ve en todas las acciones (en las que no le convienen). En una entrevista con Fox News, el mandatario dijo que Obama estaba detrás de las protestas. “Creo que él (Obama) es el responsable de organizar las protestas y eso es la política”, dijo Trump. A comienzos de febrero acusó a la “gente de Obama” de filtrar los detalles de las conversaciones entre Trump y los presidentes de Australia y México.

Parte de la serie de mentiras o acusaciones infundadas que dominan su gobierno. De acuerdo con The Washington Post, en sus primeros 45 días, Trump ha hecho “194 acusaciones falsas o engañosas”.

Según el profesor de política Anthony Corrado, del Colby College de Maine, difundir mentiras le sirve a Trump para distraer al público y evitar, por ejemplo, que el debate gire en torno a las reuniones que mantuvo su fiscal general, Jeff Sessions, con el embajador ruso en Washington.

El FBI y el Congreso (Senado y Cámara) investigan los posibles vínculos del equipo de campaña del presidente Trump con miembros del gobierno ruso. Cada vez se conocen más nombres de asesores suyos que tuvieron contactos con el Kremlin.

“En general, todos los políticos intentan poner la verdad a su favor, pero nunca antes hubo en el país un presidente que dijera mentiras tan evidentes”, explicó a Efe Michael Kazin, profesor de historia en la Universidad de Georgetown.

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