El partido más triste de la historia del fútbol colombiano

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Mientras el Palacio ardía, el gobierno ordenó trasmitir por tv el partido entre Millonarios y Unión Magdalena en El Campín: la fiesta del fútbol debía continuar.

El segundo gol de Millonarios convertido en fuera de lugar por Juan Gilberto Funes, no lo celebró nadie. En el Campín apenas habían cinco mil espectadores y, afuera, la ciudad era un cementerio frío de calles vacías en donde se oían, a lo lejos, los ruidos de las sirenas y los cañonazos estrellándose contra el Palacio de justicia. Ese 6 de noviembre, las expectativas estaban puestas en el octogonal final del fútbol colombiano que se jugaba esa noche con el partido Millonarios- Unión Magdalena. Al mediodía el tema era otro: un comando de 35 guerrilleros del M-19 se había tomado el Palacio de Justicia para hacerle un juicio, en plena Plaza de Bolívar, al presidente Belisario Betancur.

A la misma hora, las 12 de ese dia, en el viejo hotel Dann de la avenida 19 con carrera 5, vecino de Palacio, Eduardo Retat, director técnico del Unión Magdalena, terminaba de dictar su charla cuando escuchó los primeros cañonazos. Se levantó de la mesa y encendió el televisor. Allí vio los tanques entrando al Palacio, los helicópteros rondando las azoteas del lugar y escuchó la voz de Reyes Echandía suplicando por su vida. Retat dejó de planear el partido y le ordenó a sus jugadores seguir las noticias por radio y televisión. Del otro costado, el argentino Eduardo Lujan Manera, entrenador de Millonarios, recordaba al ver las imágenes las escabrosas escenas de la dictadura que padeció su país en la década del setenta.

Para ambos entrenadores estaba claro que el partido no se jugaría. A las cinco de la tarde Bogotá era un escenario de guerra. Un tanque Cascabel destruía, de un cañonazo, la frase atribuida a Santander que estaba sobre la puerta del Palacio: “Colombianos: las armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad”. La respuesta del ejército, que dejaría 17 magistrados y 46 civiles muertos y muchos desaparecidos, hacía inviable que al país le importara un partido de fútbol. Pero el gobierno tenía otra idea: la fiesta del fútbol debía continuar.

Y algo más debía transmitirse de manera excepcional en directo por televisión. La ministra de comunicaciones Noemí Sanín tomó las riendas y puso a Inravision al servicio de la fiesta del fútbol, mientras ella, encerrada con los demás ministros en el Palacio de Nariño, veían la catástrofe que se avecinaba en el Palacio. El productor Jairo Quintero fue el encargado de trasladar a última hora los equipos de trasmisión de televisión. En el momento en que las devastadoras llamas empezaban a volverse incontrolables, la trasmisión del partido de fútbol interrumpió los noticieros de televisión y se tomó los dos canales públicos, encadenados por orden de la ministra de comunicaciones.

En la cancha, el defensa de Millonarios Cerveleón Cuesta, recuerda el nerviosismo de los veintidós jugadores. Pero sobre todo las tribunas vacías. La fuerza de los rocketazos sobre el Palacio llegaba con su eco mortal al Campin. El volante Norberto Peluffo iba cada cierto tiempo a la pista atlética en donde había dejado un radio transistor para escuchar los pormenores de la toma del Palacio. Las emisoras de radio habían escapado a la orden de control informativo impartida por el Palacio de Nariño en un momento de angustia y desespero. Con lágrimas en los ojos, Peluffo compartió su desazón con su compañero Miguel Augusto Prince el relato que acaba de escuchar: los tanques del ejército habían disparado a las nueve de la noche y el Palacio ardía. El país, distraído por algo tan inusual como la transmisión en vivo de un partido del torneo nacional de fútbol,no captaba aún la dimensión de la tragedia. Sin celebraciones de ningún tipo, Millonarios derrotó al equipo samario con goles de los argentinos Juan Carlos Díaz y Juan Gilberto Funes.

De regreso al Hotel Dann, Retat recuerda las calles vacías, el ir y venir de camiones del ejército y el miedo reflejado en la gente. Esa noche no regañó a ninguno de sus jugadores y, cabizbajo, se retiró a su habitación. Dio vueltas toda la noche, no era la derrota lo que le dolía: el humo y el olor a pólvora que salía del Palacio de Justicia fueron la razón de su desvelo

 

Por: las dos orillas

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