Ismael Arciniegas, el primer colombiano ejecutado en China por narcotráfico

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Ismael Enrique Arciniegas Valencia se convirtió en el primer colombiano en ser ejecutado en China por el delito de narcotráfico. Tres kilos de cocaína sellaron su suerte. Otra colombiana, Sara Galeano, fue devuelta a Colombia hace una semana. A ella se le encontró un kilo de esta sustancia. A Arciniegas se le hallaron tres kilos y eso fue suficiente para que la justicia china decidiera imponerle la pena capital pese a los reclamos del gobierno colombiano. Dos destinos distintos: Galeano está viva para contar su historia; Arciniegas está muerto.

Este vallecaucano de 72 años de edad fue detenido en 2010 en el aeropuerto de Guangzhou. Llevaba la droga, por la que le iban a pagar $15 millones, adherida a su cuerpo. Puntualmente: a sus tirantas. Al verse descubierto confesó, pero no fue suficiente. En 2012 fue condenado. Y, en 2013, su sentencia fue confirmada: pena de muerte.

Ese mismo 2013, un hermano suyo también detenido por narcotráfico, Luis Germán Arciniegas, murió en una cárcel de Macao, donde se encontraba detenido por cuenta de una condena a 12 años de prisión. Ismael Enrique fue ejecutado en horas de la mañana (horas de la noche del lunes, en Colombia), así se lo informó el embajador chino, Li Nianping, a un grupo de periodistas. Luego la Cancillería lo confirmó.

“El Ministerio de Relaciones Exteriores, en nombre del Gobierno de Colombia, lamenta profundamente la decisión tomada por las autoridades judiciales de la República Popular China, de ejecutar a Ismael Enrique Arciniegas Valencia, detenido en ese país, a pesar de las reiteradas peticiones de clemencia y las varias solicitudes presentadas al gobierno chino para que su sentencia de muerte fuera conmutada”.

Se realizaron 28 visitas para comprobar su estado de salud y se enviaron siete notas, en las que el Gobierno colombiano reiteró su rechazo a la pena de muerte, y pidió que a Arciniegas se le conmutara la pena. Pero China no dio su brazo a torcer. Aunque en otros casos, como el de Galeano, ha decidido de forma distinta.

“Estaba por fuera de Colombia por bruta, porque cometí el error de irme con droga para China”, expresó Galeano a su llegada a Colombia, el pasado 23 de febrero. Y les hizo un llamado a quienes piensan llevar droga a China: “Por favor no arriesguen lo más hermoso que tienen, la libertad, el amor de la familia, el ver crecer a sus hijos, estar con ellos y no perder el amor, porque el amor de la familia es lo que más vale”.

En ese país hay otros 163 colombianos detenidos, 147 por narcotráfico. De ellos, cinco fueron condenados a pena de muerte; a tres de ellos ya les confirmaron la pena. Mejor dicho: ya no tienen margen de maniobra. A los otros dos les queda apelar su sentencia y esperar a que la justicia china reconsidere su decisión. Otros 10 se encuentran con pena de muerte con suspensión por dos años y otros 15 fueron condenados a cadena perpetua.

Su suerte depende, entre otras, de que Colombia y China lleguen a un tratado para el traslado de condenados, que se viene discutiendo desde hace un par de años y, de acuerdo con el embajador Nianping, se encuentra en su recta final.

La Cancillería señaló, al respecto, que “el Gobierno de Colombia seguirá haciendo todas las gestiones que estén a su alcance para proteger los derechos de sus ciudadanos, pero no puede garantizar ni la repatriación en todos los casos, ni la no aplicación de la pena de muerte en aquellos países que tienen establecido este castigo”. Colombia ha logrado la repatriación efectiva de 172 connacionales, presos en prisiones alrededor del mundo. Seis de ellos fueron repatriados por razones humanitarias.

En el caso de China, ha habido dos repatriaciones: la de Sara Galeano y la de Hárold Carrillo Sánchez. Carrillo fue repatriado el 26 de noviembre de 2015. Había sido condenado en China a cadena perpetua.

Un tratado entre los ministerios de Justicia de China y Colombia que facilite las repatriaciones puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Porque la ley china no va a dejar de ser severa: se trata, para China, de una cuestión histórica.

Este es uno de los 34 países donde el narcotráfico es considerado un delito grave y es castigado hasta con cadena perpetua o pena de muerte. La ley china establece que el contrabando de más de 50 gramos de cocaína puede ser castigado con penas que van desde 15 años de cárcel hasta la pena capital.

La ley no distingue nacionalidades. No hay registros oficiales, pero se sabe que en ese país se ha ejecutado a ciudadanos de Corea del Sur, Reino Unido, Japón, Canadá, Filipinas, entre otros países. Hasta el hijo del actor Jackie Chan, Jaycee Chan, estuvo detenido unos meses por “proporcionar un espacio para el consumo de droga”. Una muestra de la severidad china en lo que a los estupefacientes se refiere. Una severidad, de nuevo, que tiene una razón histórica.

Todo se remonta a mediados del siglo XIX. El entonces Imperio Británico tenía inundada de opio a China. Ese país, al ver que el consumo de opio se había convertido en un problema de salud pública, tomó cartas en el asunto y prohibió su tráfico. El funcionario chino Lin Hse Tsu le escribió a la reina Victoria pidiéndole ayuda en ese sentido:

“Existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. Ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente. Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio. Todo opio que se descubre en China se echa en aceite hirviendo y se destruye. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado”.

Estas fueron las palabras de Lin Hse Tsu. ¿Cuál fue la respuesta del Imperio Británico? Dos Guerras del Opio. La primera, entre 1838 y 1842. La segunda, entre 1856 y 1860. China fue derrotada en ambas ocasiones y, por ello, se le obligó a liberalizar el tráfico de opio. Mejor dicho: a que los británicos siguieran drogando a su población.

Y, aprovechando el momento, el Imperio Británico se quedó con un puerto que fue considerado, durante años, la joya de la corona: Hong Kong. Lo devolvió sólo hasta 1997. Hoy, Hong Kong es una región autónoma en constante pelea con Pekín, por una autonomía mayor.

Pese a la severidad de la ley china, decenas de colombianos siguen viajando a ese país con droga. En 2006 había, apenas, tres colombianos en cárceles chinas. Ahora hay 163 detenidos. Es una cifra menor si se tiene en cuenta que en el mundo hay 15.034 colombianos detenidos, el 56 % de ellos por delitos vinculados con estupefacientes.

La diferencia es que en China hay pena de muerte. Y la justicia de ese país no duda a la hora de imponerla. Si antes los narcotraficantes decían que era preferible “una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”, ahora parece preferible una cárcel en Colombia que una tumba en China. O, mejor, nunca irse de “mula” a ese país.

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