Las mujeres son las primeras víctimas del conflicto armado en Colombia

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Por: Juan Gossaín – Especial para El Tiempo

 

Prólogo griego

Sucedió 400 años antes de Cristo.
Aristófanes, uno de los grandes autores teatrales de la Grecia clásica, escribió su célebre comedia sobre Lisístrata. El cuento es así: azuzado por políticos irresponsables, el pueblo se pasaba la vida en una guerra constante. Las familias se habían destruido, campeaban el hambre y la ruina, las cosechas se perdían. Se acababan los hogares. Todo era desolación. Los hombres, enloquecidos por la violencia, no atendían los ruegos de sus esposas.

Fue entonces cuando a Lisístrata, que tenía un carácter indomable, se le ocurrió aquella idea luminosa. Convocó a las mujeres griegas, que llegaron a Atenas procedentes de pueblos y ciudades. En un acto público las hizo jurar, con gran solemnidad, que no volverían a tener ni una sola relación sexual con sus hombres hasta que cesara la guerra. Se comprometieron a excitarlos, dejándolos iniciados, para que les doliera más. “Y si él me obliga a tener relaciones por la fuerza”, decía el juramento, “prometo que lo haré sin ganas ni amor, y ni siquiera me moveré”. Así comenzó la primera huelga sexual de que tenga noticia la humanidad. Hasta ahora es la única que se conoce.

El caso colombiano

Ha vuelto a mi memoria el episodio de Lisístrata, después de tantos años, porque me encuentro en Cartagena con Leonor González Mina, la admirable artista a quien la gente conoce como la ‘Negra grande de Colombia’. Me permite que oiga su nueva canción, sobre la violencia en relación con las mujeres. La voz es dolorosa y bella al mismo tiempo, es profunda y desgarradora, pero es también un canto de luz y esperanza. Se llama La paz tiene nombre de mujer.

A partir de ese momento me pongo a investigar sobre las mujeres que han sido víctimas de esta guerra colombiana, más larga que aquellas de Grecia, y me sumerjo por varios meses en un mundo de dolor y muerte.

Las cifras que me suministra la Unidad para las Víctimas son aterradoras. Hasta este momento hay 3.657.438 mujeres que han sido reconocidas como afectadas personalmente en el marco del conflicto armado. Eso significa, ni más ni menos, “que más del 50 por ciento del total de víctimas son mujeres”, dice Gabriel Bustamante Peña, subdirector de la Unidad. “Más que los hombres”.

Muerte, violación, tortura

La situación en los últimos tiempos, lejos de mejorar, ha ido empeorando: a finales del 2013 se habían confirmado 2,7 millones de mujeres como víctimas. Pero hace pocos meses, a mediados del 2015, ya eran casi 3,7 millones. Lo cual significa que en este año y medio creció en un millón, lo que representa 37 por ciento de aumento.

Me duele tener que decirlo así, con el aire descarnado de una noticia, pero uno de los hallazgos más terribles que encontré en mi camino es este: la cantidad de delitos cometidos contra las mujeres por los grupos armados es mucho mayor que el número de víctimas, porque, en incontables ocasiones, una sola mujer ha sido víctima de varios delitos.

De ellas, más de 3 millones fueron desplazadas a la fuerza de sus pueblos, veredas y hogares. Otras 440.000 han sido asesinadas. La lista es sobrecogedora: siguen luego las amenazadas, las torturadas, las que desaparecieron sin dejar rastro, las niñas y adolescentes reclutadas a la fuerza, las mutiladas por minas explosivas, las secuestradas.

Llamó mucho mi atención un hecho curioso. En la penosa lista de los once delitos más frecuentes que las mujeres han padecido en carne propia, la violación sexual solo aparece en el sexto lugar, con 9.892 casos.

El pudor y el machismo

–Le aseguro que son muchos más –me explica Bustamante–, pero el sentido del pudor femenino, la vergüenza y la dignidad de las mujeres les impiden revelarlos. Quieren evitarles más dolores y disgustos a sus maridos, a sus hijos, a sus padres. Y proteger la honra de sus familias.

Lo más insólito es que la experiencia ha demostrado que los propios criminales, con un sentido machista de la realidad, prefieren reconocer un homicidio antes que un delito sexual. Les parece que eso deshonra a un verdadero varón. Como si un asesino lo fuera.

Tan verídico es ese fenómeno que para demostrarlo me basta con poner un solo ejemplo: en la etapa de desmovilización de los paramilitares, que se conoció como proceso de Justicia y Paz, cuando las rebajas de penas dependían de lo que confesara el implicado, los hombres reconocieron haber cometido 39.546 delitos de diversa naturaleza, pero solo 96 violaciones de mujeres.

Por regiones

Hasta ahora, la Unidad para las Víctimas ha clasificado once crímenes diferentes que se han cometido contra las mujeres. Ya dijimos, en esta misma crónica, que el primer lugar lo ocupa el desplazamiento forzado, con 3,2 millones de casos. Vienen luego homicidios, despojo de tierras, pérdida de diversos bienes, desaparición forzada, secuestro y un horroroso etcétera.

Si uno abre el mapa de Colombia, y lo recorre de norte a sur y de este a oeste, desde la montaña hasta la selva, pasando por los mares y valles, deteniéndose en grandes ciudades y pequeñas aldeas, no hay una sola región del país, ni media, que haya escapado del terror y de la barbarie. Nadie está a salvo. Sin excepción alguna aparecen en las estadísticas, que suelen ser frías y desalmadas, los 32 departamentos y el Distrito Especial de Bogotá.

El mayor número de desplazamientos se ha cometido en Antioquia, contra 528.626 mujeres, que son el 14 y medio por ciento del total. Siguen luego, uno tras otro, dos departamentos de la región Caribe: Magdalena, con 226.000 víctimas, y Bolívar, con 223.000. En cuarto lugar aparece Nariño. El quinto es Cesar.

Figura en esa lista de la deshonra hasta el archipiélago de San Andrés y Providencia, al que uno considera alejado de semejantes barbaries. Es el último de la lista, por ser el que menos desplazamientos presenta, con 41.

Discriminación

En el año 2011 se aprobó la Ley 1448, en la que el Estado admitió, por fin, la existencia de un conflicto interno en Colombia. Solo entonces fueron reconocidas las víctimas y se creó la Unidad que hoy las congrega y representa.

Pero, a pesar de ello, diversas organizaciones de mujeres han denunciado que esa norma se convirtió en rey de burlas, y que ahora son objeto de nuevas formas de atropello, empezando por la discriminación sexual. Algunas fundaciones colombianas y varios organismos internacionales, como las propias Naciones Unidas, han recogido las protestas de mujeres que, habiendo sido víctimas, no son tenidas en cuenta a la hora de la reparación.

La discriminación también asoma sus orejas según la raza de la víctima. Marina Gallego, que se ha especializado en el tema, descubrió tras intensas investigaciones que la violación de derechos humanos afecta más a las mujeres de raza negra y a las que descienden de indígenas.

La grandeza femenina

Miren este detalle elocuente: las víctimas masculinas suelen reclamar que el Estado les reconozca dinero por las cosechas perdidas, que les devuelvan sus tierras o que les otorguen créditos agrícolas. Por el contrario, las peticiones más frecuentes de las víctimas femeninas son estas: educación para sus hijos, acceso al sistema de salud, que no haya impunidad para los culpables, solución pacífica de los conflictos y “el derecho a vivir sin miedo”, como lo dicen las mujeres de María la Baja, al pie de los Montes de María, en el centro de Bolívar.

–Las mujeres son las que han resistido la guerra –me escribe Gabriel Bustamante, quien trabaja con estos temas de sol a sombra–. Ellas han impedido que los hogares de las víctimas se derrumben, porque son ellas las que quedan a cargo de los niños, de los discapacitados y de los ancianos. Ellas evitaron que el país sucumbiera ante la violencia.
El general Manuel José Bonett, que ya está en uso de buen retiro, describe la situación de una manera dolorosa pero afortunada. Me dice que en el conflicto colombiano, al contrario de lo que suele suceder en otras partes del mundo, “la primera víctima de la guerra no fue la verdad, sino las mujeres”.

Epílogo colombo-griego

Ustedes perdonen, pero estoy a punto de concluir la crónica y se me olvidaba contarles en qué terminó el episodio de las mujeres griegas. La huelga de Lisístrata se cumplió al pie de la letra, pero duró poco, porque los hombres, al ver que les estaban negando las delicias sexuales, no aguantaron más semejante abstinencia, y “en plena erección”, como lo asegura Aristófanes, salieron corriendo a firmar la paz, depusieron las armas y regresaron a sus casas.

¿No será que en algún lugar de Colombia hay una Lisístrata, que decrete una huelga como aquella, a ver si se acaba esta locura?

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