Niños con sensaciones alteradas, ¿cómo tratarlos?

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Hace mes y medio, un pequeño de 3 años no podía conciliar el sueño, vivía muy inquieto y sus cosas parecían no fluir. Ahora descansa y se le ve, en general, más relajado. Esto se debe a que ha estado en terapia ocupacional dos veces por semana en un espacio amplio en el que ha podido experimentar en columpios, con texturas, ha puesto a prueba su equilibrio, la sensibilidad de su piel, la capacidad de sus músculos.

No ha sido una terapia cualquiera, ha estado en manos de terapeutas especializadas en integración sensorial, profesionales que están haciendo posible que, en la vida de este niño, el procesamiento de sus sensaciones sea más equilibrado y tenga respuestas más adecuadas al entorno.

Todavía le falta mucho por recorrer, pero al final logrará una buena integración sensorial, es decir, procesar adecuadamente todas las sensaciones y responder adecuadamente al medio.

Algunas señales

Para entender un poco lo que les sucede a estos pequeños, basta con imaginarse en un solo instante todo lo que una persona puede recibir por sus sentidos y no ser capaz de darle a cada cosa su justa medida: ruidos de la calle, la voz de quien le habla, los colores de lo que ve, la mosca que pasó, sensaciones en la piel por la ropa, la música del lugar. Los niños con dificultades de integración casi que reciben todas las sensaciones al mismo tiempo y con la misma intensidad.

En palabras más exactas, la integración sensorial es, como la define la experta en el tema Estela Amador, la capacidad que tiene el sistema nervioso de procesar las sensaciones y dar una respuesta adaptativa.

Esto involucra todos los sentidos, y es así como algunos pequeños tienen más dificultades con el oído. Suelen ser pequeños a los que no les gusta la música a un volumen muy alto, o a veces les parece que las demás personas gritan.

Otros, por el contrario, tienen más dificultades con el tacto; entonces, no soportan cierto tipo de ropa, se sienten agredidos cuando los tocan porque lo que para los demás puede ser una caricia, para ellos puede representar una agresión. Existen otros a los que se les dificulta el manejo del equilibrio y del espacio, y por eso se caen mucho, no soportan los columpios o los rodaderos.

De alguna manera, estos son niños inmaduros que tienen unas respuestas muy exageradas ante las sensaciones que les llegan.

Nada de esto está relacionado con la inteligencia ni la capacidad cognitiva. Esto no significa, por nada del mundo, que exista un retraso. Es solo cuestión de ayudarlo a crecer.

Por tal motivo, es bueno saber que todo esto se puede mejorar con terapia ocupacional especializada en integración sensorial. Cada caso es único y por eso debe ser una terapia individual en la que el niño vaya marcando la pauta, y la profesional lo ayude a ir cada vez un poco más allá hasta lograr nuevas metas.

Podría decirse que la teoría de la integración sensorial es relativamente nueva. Fue expuesta por primera vez por la terapeuta ocupacional con estudios en neurociencia y psicología de la educación Anna Jane Ayres hacia los años sesenta, en Estados Unidos, y su aproximación permitió entender los comportamientos de ciertos menores que habían sido calificados como problemáticos y ayudarlos a salir adelante.

Los problemas de integración sensorial se manifiestan en varios síntomas que durante muchos años, incluso hoy, varios profesionales pueden catalogar como indisciplina, problemas de adaptación, dificultades para concentrarse, pereza, apatía o agresividad.

También se presentan en algunos casos dificultades con la comida, pues las sensaciones en la boca, la lengua al tragar, resultan muy fuertes para el pequeño, y pareciera como si fuera un niño inapetente o necio. O aquel que no puede estarse sentado porque no soporta la textura de la silla o el roce de su piel con su propia ropa, o no puede concentrarse en una tarea y los adultos creen que estos son niños con problemas de atención o inquietos. También existen aquellos en quienes el tono de sus músculos es como un caucho, sin resistencia. Algunos niños pueden tener dificultades en ciertos aspectos y en otros, se presenta un trastorno generalizado.

Ante todas estas dificultades, muchos de estos pequeños se pueden volver ansiosos y controladores, porque tienen miedo de lo que les pueda llegar de afuera. Algunos llorarán mucho, parecerán intolerantes o se verán temerosos.

Ejemplos como estos permiten entender que las manifestaciones son muchas, que pueden ser malinterpretadas por los adultos que no conocen del tema, y generar, en consecuencia, actitudes que pueden agredir o llevar a tildar al menor de necio, inquieto o mimado, cuando en realidad todo lo que él siente son como sensaciones en desorden que buscan atención.

Terapia y ejercicios

Una vez diagnosticado el problema, la terapia apoya a los niños en su desarrollo motor. El lugar ideal para que estos niños reciban ayuda debe ser un espacio amplio, que permita el movimiento, andar, jugar, colgarse, donde haya columpios de diferentes alturas y tipos, pasamanos, cojines, espumas.

La terapia debe ser dirigida, organizada y con metas claras definidas por un profesional experto. Debe ser individual; algunas pueden hacerlas dos niños, pero nunca debe ser algo grupal. Según Amador, estas terapias deben ser dos veces a la semana y en algunos casos pueden extenderse durante dos años.

Algunos ejercicios:

1. Una de las actividades que se realizan en las terapias es ayudar a los niños a aprender a sentir poco a poco en su piel. Para ello se utilizan texturas diferentes como arroz, agua, cremas o talcos en diferentes partes del cuerpo como los brazos, las piernas, los pies y las manos.

2. Algunos niños le temen profundamente al movimiento y a levantarse del piso; por eso, la terapia incluye el trabajo en diferentes tipos de columpios.

3. La tarea de la terapeuta consiste en acompañar al niño, jamás en imponerse. Le propondrá retos cada vez más difíciles, los cuales logrará poco a poco mediante el juego.

4. Moverse por diferentes espacios, en los que se exija brincar, ensayar diferentes equilibrios, como, por ejemplo, sobre telas que se estiran a cierto nivel de altura del piso. Esto ayuda a los pequeños a ganar confianza en su cuerpo y estabilidad.

 

 

Por: El Tiempo

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