“Rocky” Valdés, grande hasta en la derrota

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Aprender a perder fue algo que a los colombianos nos tocó con un héroe nacional. Fue por allá en los 60, en dos batallas épicas en Montecarlo. De ellas nuestro segundo campeón mundial de boxeo, Rodrigo Rocky Valdés, salió derrotado y, sin embargo, sus fanáticos seguidores quedamos orgullosos de él para siempre.

Es curioso, por no decir cruel, que el mayor recuerdo que se tenga de una gloria del deporte nacional como Rodrigo Valdés sea en la derrota. Pero quienes hayan visto los dos combates frente al argentino Carlos Monzón saben que no miento. Toda la valentía de Rodrigo Valdés, el amor propio para sacar de su cuerpo el máximo y así compensar lo que la naturaleza le había entregado como ventaja a su rival, y esas imágenes finales de dos rostros hinchados y sangrantes tras una golpiza inclemente de parte y parte, fueron testigos de la grandeza de este extraordinario pegador nacido en el barrio Getsemaní de Cartagena y criado como pescador de El Arsenal, donde su madre tenía un puesto en el mercado de La Carbonera.

Valdés representó una época gloriosa del boxeo colombiano. Al tiempo con el gran Pambelé, fueron nuestros primeros campeones mundiales. Si Pambelé era una mariposa en el ring, que revoloteaba y con su jab destrozaba rivales, el Rocky era una fiera en el tinglado que, con una fuerte pegada y su memorable gancho al hígado, llegó a ser conocido como el “rey del nocaut”.

Fue así por casualidad, y de riña en riña callejera, como el Rocky llegó al boxeo como profesión allí en Cartagena, antes de que Melanio Porto pusiera sus ojos en él y lo llevara a las manos profesionales del Chino Govin en Nueva York. Tiempo después, tras derrotar en una dura pelea a 12 asaltos a un mastodonte, Bennie Briscoe, la meta lucía cercana. Carlos Monzón rehuía a darle la opción a Valdés por el título mundial, argumentando que el colombiano no era digno rival. Hasta que así como le huía a Valdés, el argentino eludió un control antidopaje y el Consejo Mundial de Boxeo decidió desconocerle la corona.

El 25 de mayo de 1974, en Montecarlo, estaba de nuevo al frente el poderoso Benny Briscoe para definir la vacante. Valdés ganó por nocaut fulminante en el séptimo asalto, y así llegó para Colombia la segunda corona mundial, que defendió con éxito en cuatro ocasiones. La Asociación Mundial de Boxeo, sin embargo, seguía reconociendo como titular a Monzón, el lustrabotas de origen tan humilde como Valdés que llegó a ser figura del boxeo y del cine.

La unificación del título no sólo era la meta siguiente para ambos campeones, sino también la garantía de un espectáculo de lujo. Monzón, además, lo planteó como final. Sería su última batalla, a no ser que ganara con dificultades. Si noqueaba a Valdés o perdía, nunca volvería a pisar un ring.

Y llegó la cita. Montecarlo esta vez se llenó de personajes de la farándula internacional, comenzando por el propio príncipe Rainiero, que reservó su silla en el estadio Louis II. Junio 26 de 1976. Allí llegaron los dos campeones, nunca noqueados, a unificar el título de los medianos. Cinco centímetros de altura más y 6 centímetros de mayor alcance a favor del argentino debían ser contrarrestados en el cuerpo a cuerpo con la pegada contundente de Valdés.

El comienzo fue infernal. Monzón mantuvo alejado a Rocky mientras penetraba con su jab en el rostro del colombiano, siempre vulnerable. Con su ojo izquierdo casi cerrado, Valdés comenzó a conectar al argentino, pero, cuando ya tambaleaba, Monzón se recostaba sobre las cuerdas y amarraba al colombiano con la complacencia del árbitro. “Un golpe. Uno solo, decidió esta pelea de colosos”, escribió el enviado especial de El Espectador Antonio Andraus. Fue un recto de derecha, en el decimocuarto asalto, que alcanzó la mandíbula de Valdés, lo envió de cabeza contra las cuerdas y a la lona. La decisión de los jueces fue unánime a favor del argentino. El título unificado era suyo.

Pero hubo revancha. Llegó un año después, de nuevo en Montecarlo. Inclemente. Recuerdo una fotografía del enviado especial de El Espectador Fernando Cano, que registra un recto de Valdés entrando pleno en la cara de Monzón y las gotas de sudor y sangre que vuelan brillantes en todas las direcciones. Esa imagen sintetiza lo que fue esta segunda batalla.

Los primeros asaltos jamás se borrarán de mi mente. En el segundo, una derecha conectó el rostro de Monzón y lo dejó de rodillas en el centro del cuadrilátero. La venganza lucía posible. Si ya una vez una caída había dado el triunfo al argentino, ahora podría ser al revés. Monzón sangraba por nariz y pómulo, pero los ojos de Valdés comenzaban a inflamarse y a cerrarse poco a poco, su punto vulnerable de siempre.

En el décimo asalto el sueño comenzó a derrumbarse. Una derecha cruzada de Monzón rajó definitivamente el arco superciliar izquierdo de Valdés de lado a lado. Decisión unánime a favor del argentino, que se retiró invicto, y Valdés sin título tras las dos mejores peleas de su vida.

Valdés ya era un próspero empresario de transporte y de finca raíz, así como un ciudadano ejemplar, amigo de la gente, socorrista de necesitados. El boxeo le había dado todo y él había dado todo lo que tenía. La paradoja otra vez. El título unificado le llegó, sí, el 5 de noviembre de 1977, en una aburrida pelea ante Briscoe. Ganó, esta vez por decisión, pero ese ya no era el Rocky, el grande, el que no paró de luchar ante el argentino gigantón de brazos largos y aguante sobrehumano. A los pocos meses entregaría el título en San Remo a otro argentino, Hugo Corro, insignificante.

 

 

Tomado de El Espectador

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