‘Soy mejor cura desde que salí del armario’: Krzysztof Charamsa

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El teólogo Krzysztof Charamsa no es el primer sacerdote que confiesa su homosexualidad. Sin embargo, sí que es el cargo más alto dentro de la jerarquía vaticana que ha hecho pública su orientación sexual. Este polaco de 43 años era miembro de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el ente que se dedica a preservar la doctrina de la Iglesia, la antigua Inquisición. También era profesor de las universidades pontificias.

Su salida del armario también ha estado lejos de ser discreta. Charamsa, un hombre de manos largas, risa fácil y maneras suaves, convocó una rueda de prensa con periodistas en la víspera del Sínodo de la Familia celebrado hace poco en el Vaticano. Esta reunión congregó a 270 sacerdotes de todo el mundo y, a petición del papa Francisco, tenía como objetivo ser un espacio de reflexión sobre “la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y el mundo contemporáneo”.

Charamsa también dio su visión de familia y compareció ante los medios con su pareja, el barcelonés Eduard Planas. La imagen del prelado, de negro, con el clériman y la cabeza recostada sobre el hombro de su compañero le dio la vuelta al mundo tanto como el mensaje de fondo: la Iglesia necesita abrirse y dejar de un lado su rechazo “cruel” hacia la homosexualidad. Una bomba que fue calificada de provocación por el clero romano, de ataque al papa Francisco, y de la que aún no es claro cuál será su alcance.

Su salida del armario le puso tono al Sínodo. ¿Qué balance hace de esta reunión?

Ha sido un verdadero fracaso. Para mí se ha cerrado antes de empezar. Francisco abrió una gran esperanza, una puerta de aire fresco, convocando un Sínodo no sobre temas abstractos sino sobre algo tan concreto e importante como la familia. Él quería discusión, diálogo, confrontación con la realidad, pero la Congregación de la Doctrina de la Fe y otras fuerzas dentro del Vaticano hicieron todo lo posible para que no se abordaran temas como la familia homosexual. Durante todo el proceso de preparación del encuentro, en el que participé, se boicotearon las intenciones del Papa. Pero tengo esperanza de que este espíritu de renovación tire adelante.

Un día, el Papa dice que no es nadie para juzgar a un gay y al otro visita a una funcionaria de Estados Unidos que no casa parejas del mismo sexo o define en el Sínodo que matrimonio es la unión entre hombre y mujer. ¿No son mensajes contradictorios?

Sus palabras molestan a muchos. El Papa en muchos casos está sujeto a la manipulación de una política eclesial y a equilibrios. Él no tiene colaboradores cercanos, no tiene un grupo fuerte que pueda ayudarle en su obra de reforma. Tampoco creo que Francisco sea progresista, es un hombre abierto, pero tiene detrás una formación y una mentalidad que refleja la paranoia antigay de la Iglesia.

De todas maneras, sí veo que ha hecho un camino entre ese obispo de Buenos Aires que decía que la homosexualidad era una cosa demoníaca a ser un hombre de institución que se abre a escuchar.
Ciertos medios católicos fundamentalistas también sobredimensionaron el hecho de la visita a la funcionaria, que por cierto creo que no ha actuado como una creyente sino que ha querido ser Dios. Ella representa una clase de gente cuyos únicos argumentos contra las minorías sexuales son las emociones, un discurso que también escuchas en Francia, en Italia. Hay una ‘franciscofobia’ en una parte del clero.

¿‘Franciscofobia’?

Sí, muchos en el clero no ven la hora que acabe su pontificado. ¡Cuando deberíamos ser los más contentos de tener a un verdadero hombre de evangelio! Él es radical en su fe, pero no es un controlador de humanidad. Es curioso, pero los cardenales no se conocen mucho entre sí. Francisco no era conocido antes del cónclave que lo eligió. ¡Fue la gracia de Dios! Cuando salió la fumata blanca, yo estaba en el gimnasio y no me lo podía creer. Todas las cábalas hablaban de un perfil más conservador.

¿Qué esperanzas de cambio ve entonces en el seno de la Iglesia?

Los cambios llegarán, aunque pueden tardar un poco. Creo que primero se abordará el tema del celibato y después, el de la orientación sexual, como en su día aceptó la teoría de la evolución de las especies. En la Biblia hay espacio intelectual y teológico para entender la orientación sexual. En la escritura nunca se habla de prohibirlo; en algunos pasajes del Antiguo Testamento y en San Pablo sí se mencionan los actos homogenitales, ¡pero en el mismo fragmento se hace preferencia a no comer marisco! Es decir, es un nivel de prohibición cultural y social del pueblo judío, adscrito a un tiempo. Refleja el conocimiento sobre la sexualidad de la persona detrás del texto sagrado. Solo en los últimos cien años hemos avanzado en el estudio del género. Y los descubrimientos modernos no riñen con la doctrina.

¿Qué tiene que pasar?

En la Iglesia hay un gran problema de ignorancia y desconexión con la realidad. En la Congregación, el tema de la homosexalidad, y en general la identidad sexual, estaba vetado o se ridiculizaba o sencillamente se obviaba. Tenía compañeros que no distinguían entre qué es un transexual y qué es un travesti. Ese era el nivel. Yo me tenía que esconder para leer textos de feministas como (los de) Judith Buthler, aunque desde un punto teológico no compartas muchas cosas. La Iglesia usa un lenguaje falso. Por ejemplo, en el Sínodo se sigue hablando de personas con ‘tendencias’ homosexuales. Aceptar el término ‘orientación’ implica descartar que se trate de algo que se pueda curar, cambiar, elegir. Usar el lenguaje correcto te lleva a enfrentarte a la realidad. Estoy convencido de que las minorías sexuales son un nuevo apostolado para la Iglesia, como en su día lo fueron los esclavos o la lucha contra la xenofobia. Nos ha costado mucho, pero ahora vivimos en un mundo donde tenemos conciencia de los derechos humanos.

El argumento fundamental de los contrarios al matrimonio gay es que pone en riesgo la familia. ¿Qué les responde?

Prefiero llamarlo matrimonio igualitario. Y el amor no es una cosa privada, tiene que ser pública, tiene sus derechos y sus deberes. Cuando dos chicos o dos chicas ven que su relación no es una búsqueda egoísta de sexo y de placer, que quieren ofrecerse la vida uno al otro, ocurre algo de lo que las parejas heterosexuales deberían aprender. En el siglo XX, la Iglesia determina que el matrimonio tiene dos fines: el amor y la procreación. ¿Cuántas veces no hemos visto más “procreación” que amor? Antes de dar vida tienes que amar a la otra persona, es lo más básico, y ahí hay una particularidad: la relación homosexual se fundamenta exclusivamente en el amor.

Muchas parejas heterosexuales parece que han olvidado que lo decisivo en el matrimonio es el amor, y por eso tenemos tantas crisis. La sociedad en su conjunto pasa por la crisis de la capacidad de estar juntos. ¿Y cuál es la respuesta para todo esto por parte de la Iglesia? Me ha dado normas que no sirven, no me ha enseñado a superar mis dificultades. El clero grita no al divorcio, y a veces este es necesario.

¿La Iglesia tiene que ver en la mezcla del concepto de pedofilia y homosexualidad?

Sí. Ha utilizado el eslogan de que los homosexuales son por definición pedófilos como una manera de satanizarlos. Si hay una conexión, (esta) es exactamente la misma que con la heterosexualidad. De fondo, creo que hay un problema con la represión de la sexualidad o no vivirla bien. El celibato no es una opción en la Iglesia occidental, como sí lo es en la oriental. Si no eres célibe, no puedes ser sacerdote. Un sacerdote heterosexual no tiene que esconderla, pero uno homosexual sí.

Una lectura teológica sería que el celibato busca que un sacerdote no ame a una mujer para amar a toda una comunidad…

Es una lectura. El celibato no es una verdad de fe, es una disciplina y por tanto puede ser debatida. Otra cosa es que no interese. Soy mejor cura desde que salí del armario y tengo mi pareja. Ahora soy mucho más capaz de entender a otras personas, las familias. Mi amor me permite tener esa experiencia. Soy yo mismo. También conozco curas célibes fantásticos. Con Juan Pablo II también se construyó el discurso sobre la complementariedad del hombre y la mujer, que busca justificar la heteronormalidad.

¿Homosexualidad y celibato son compatibles entonces?

La definición de celibato habla de mujer. Para la Congregación, el homosexual es incapaz de controlar sus instintos sexuales, esto solo lo pueden hacer los heterosexuales. Y si de por sí el celibato es una imposición, no puedes construir una renuncia sobre una parte de ti que los otros te hacen ver con asco, pecado. A muchos curas se les ha expulsado por confesar que son gais. Benedicto XVI consideró que eso era promoción de la homosexualidad. En muchos casos, también el celibato es vivido como una manera de ocultar la realidad sobre uno mismo. Algunos amigos me sugirieron que viviera mi homosexualidad en silencio, pero no quería contribuir más a la mentalidad farisaica de la Iglesia que te obliga casi a vivir una doble vida.

¿Cómo hacía usted para soportar un ambiente así?

Era horrible. Una presión cada vez más insoportable. No salí del armario de un día para otro, fue un proceso muy largo. De joven, en Polonia rezaba todos los días para alejar la homosexualidad de mí; siempre quise ser cura, y la veía como un obstáculo para cumplir con ese ministerio. El tema favorito de mis oraciones era que Dios eliminara esa carga, que la quitara. En estos 18 años de sacerdocio, doce en Roma, he ido cambiando mi mentalidad. La forma como se cerraban los debates, incluso a pesar del mensaje renovador de Francisco, era violenta. Hasta que un día me dije: “Basta (cierra los puños con vehemencia). Aquí es la Iglesia la que debe cambiar, no yo”. He sacrificado mi vida por la Iglesia, pero esta se comporta como una madre que ha perdido la cabeza. No como el Estado Islámico, que te lapida, sino una tortura continua.

¿Esta reflexión es antes o después de encontrar el amor?

(Risas). Lo del amor también es un proceso. Sin Eduard no habría podido hacer esto. Por eso, el día que salí del armario lo necesitaba a mi lado. A mí me generaba un conflicto interno muy grande. Pero después entendí que para amar tú tienes que estar libre de esos conflictos.

Ahora vive en Barcelona, sin empleo de momento. ¿Qué le depara el futuro?

Espero volver a la universidad. La docencia me gusta mucho. Barcelona es una ciudad que lo tiene todo, y aquí vive Eduard. Salí del Vaticano sin nada, no me darán la pensión que me correspondería por mis años de servicio. Me expulsaron.

 

 

Por: El Tiempo

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